Coautoría: Luis Gerardo Valer Huaman
La Asamblea General de las Naciones Unidas constituye uno de los principales espacios de diálogo de la comunidad internacional. Cada año, los representantes de los Estados miembros se reúnen para discutir los problemas que afectan al mundo y plantear posibles respuestas colectivas. Sin embargo, la última Asamblea General dejó una pregunta difícil de ignorar: ¿puede realmente la ONU responder de manera eficaz a las crisis actuales, especialmente frente a conflictos armados? La respuesta parece cada vez más compleja. Aunque la Organización continúa siendo indispensable como espacio de negociación y defensa del derecho internacional, sus limitaciones se hacen cada vez más evidentes, sobre todo, cuando los intereses de las grandes potencias impiden alcanzar acuerdos. Las guerras en Medio Oriente y Ucrania demostraron, una vez más, la distancia que puede existir entre las decisiones de la comunidad internacional y su capacidad real para hacerlas cumplir.
La 81. Asamblea General estuvo marcada principalmente por tres grandes ejes: los conflictos en Medio Oriente, la guerra entre Rusia y Ucrania y los desafíos relacionados con la inteligencia artificial y el medio ambiente. A pesar de tratarse de problemas distintos, todos reflejan una misma preocupación: la necesidad de recuperar la confianza en un sistema internacional que parece tener cada vez mayores dificultades para responder frente a escenarios de crisis.
En primer término, uno de los momentos más relevantes estuvo protagonizado por Donald Trump, quien planteó la posibilidad de alcanzar un acuerdo con Irán, aunque acompañó su propuesta con una fuerte amenaza militar. Su posición refleja una política exterior basada en la presión: negociar, pero manteniendo abierta la posibilidad de utilizar la fuerza si no se alcanza un entendimiento. Frente a ello, el presidente iraní, Masoud Pezeshkian, respondió que su país no tenía por qué “arrodillarse” ante la guerra y que estaba dispuesto a hacerle frente, aunque también manifestó su disposición al diálogo siempre que este no se desarrollara bajo coerción.
En segundo término, el discurso iraní también cuestionó lo que calificó como un doble estándar en materia nuclear. Pezeshkian, presidente iraní, sostuvo que Irán no posee armas nucleares y que su programa tiene fines pacíficos, mientras que Israel mantiene una capacidad nuclear ampliamente reconocida, aunque no oficialmente declarada. Más allá de la controversia sobre estas afirmaciones, el argumento revela uno de los problemas centrales del sistema internacional: la percepción de que las reglas no siempre se aplican de la misma manera a todos los Estados.
Esta tensión alcanzó uno de sus puntos más visibles durante la intervención de Benjamin Netanyahu. Numerosas delegaciones abandonaron el pleno antes y durante su discurso como señal de protesta frente a las acciones del Gobierno israelí en Gaza. Netanyahu respondió calificando estas acciones como una muestra de “cobardía moral” y defendió la actuación de Israel.
Sin embargo, resulta difícil analizar esta situación sin considerar las consecuencias humanitarias de la guerra. Las víctimas civiles, la destrucción de infraestructura y las restricciones al acceso de ayuda humanitaria han generado una profunda preocupación internacional. La crítica al Gobierno de Netanyahu no implica una oposición al Estado de Israel ni una negación de su derecho a existir y proteger a su población; implica cuestionar aquellas actuaciones que pueden vulnerar las normas del derecho internacional humanitario y agravar una crisis que ya ha producido consecuencias devastadoras para la población civil.
En una posición similar, aunque desde la perspectiva de la diplomacia europea, se encontró Emmanuel Macron. El presidente francés defendió la solución de dos Estados y cuestionó las actuaciones israelíes en Gaza y Cisjordania. Su intervención evidenció que el conflicto ya no se discute únicamente en términos militares, sino también desde la legitimidad y credibilidad del orden internacional. Si la comunidad internacional proclama determinadas reglas, pero estas se aplican de manera desigual, la autoridad de esas mismas reglas termina debilitándose.
El segundo eje que desencadeno en una perspectiva interesante fue la guerra entre Rusia y Ucrania. Después de varios años de conflicto, la Asamblea volvió a mostrar la dificultad de alcanzar una solución negociada. Ucrania defendió la necesidad de mantener la presión sobre Rusia y, al mismo tiempo, manifestó su disposición a avanzar hacia determinados acuerdos que permitan reducir los ataques. El problema vuelve a poner en evidencia las limitaciones de la ONU: mientras la Asamblea General puede expresar una posición mayoritaria,[1] El Consejo de Seguridad continúa condicionado por el derecho de veto de sus miembros permanentes, entre ellos Rusia. No obstante, al final de su intervención ,Vladimir Zelenski, indicó que estaría dispuesto a un alto al fuego energético si Rusia también está de acuerdo luego de meses bastante frenéticos en la guerra.
A diferencia de las guerras, la inteligencia artificial y el cambio climático representan desafíos en los que todavía existe un mayor margen para la prevención. La Asamblea destacó la necesidad de construir reglas internacionales para una inteligencia artificial que avance más rápido que la capacidad de los Estados para regularla. La pregunta ya no es si esta tecnología transformará nuestras sociedades, sino quién establecerá sus límites y cómo se garantizará que sus beneficios no queden concentrados en unas pocas potencias tecnológicas. Algo similar ocurre con el cambio climático, que exige cooperación internacional, financiamiento y compromisos concretos que vayan más allá de las declaraciones políticas.
Finalmente, la participación peruana estuvo marcada por la intervención de Keiko Fujimori. Su discurso estuvo centrado principalmente en la lucha contra el crimen organizado, la educación y el fortalecimiento institucional. Uno de los puntos más destacados fue su posición frente a la criminalidad transnacional, señalando que el Estado peruano debe perseguir no solo a quienes ejecutan los delitos, sino también a las estructuras que los sostienen. Esta perspectiva resulta particularmente relevante porque el crimen organizado, al igual que otros problemas actuales, supera las fronteras nacionales y requiere cooperación entre Estados.
En conclusión, La última Asamblea General deja, en definitiva, un análisis que merece ser tomado en serio: la ONU continúa siendo innegablemente necesaria, pero necesita recuperar capacidad de acción y credibilidad. Las guerras demostraron las dificultades del sistema para responder cuando chocan los intereses de las grandes potencias; la inteligencia artificial y el cambio climático, en cambio, muestran que todavía existen problemas frente a los cuales la cooperación internacional puede actuar antes de que sea demasiado tarde. El reto no consiste únicamente en seguir reuniendo a los Estados, sino en conseguir que el diálogo, el derecho internacional y los compromisos asumidos tengan consecuencias reales.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
[1] El Consejo de Seguridad de la ONU está conformado por Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Reino Unido, los cuales cuentan con derecho a veto. Además, también está conformado por 10 miembros no permanentes, elegidos por la Asamblea General por períodos de dos años.