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Inteligencia artificial y C5i: la apuesta tecnológica del Estado frente a la criminalidad organizada en el transporte público

Escrito por: Jorge Jhonatan Mansilla Huillca Lunes, 02 de Marzo del 2026

    La implementación del Sistema de Comando, Control, Comunicaciones, Cómputo, Cibernética e Inteligencia (C5i) en el marco del Decreto Supremo N.° 009-2026-PCM (publicada el 18 de enero del 2026) representa mucho más que la instalación de cámaras o botones de pánico en buses y terminales. Supone, en realidad, una transformación del enfoque estatal frente a la extorsión y el sicariato en el transporte público: el tránsito desde una política reactiva hacia una estrategia basada en datos, analítica avanzada e inteligencia artificial aplicada a la seguridad.

    La extorsión que afecta al transporte no es un fenómeno espontáneo ni desorganizado. Funciona como una economía criminal con lógica empresarial: identifica rutas rentables, impone cobros periódicos, administra amenazas escalonadas y utiliza la violencia selectiva para mantener control territorial. En ese contexto, el patrullaje tradicional o la persecución penal posterior al atentado resultan insuficientes. El crimen organizado se adapta, se desplaza y diversifica sus mecanismos de cobro. Frente a esa dinámica, el Estado peruano parece apostar por un modelo que centraliza información, integra bases de datos y permite análisis en tiempo real mediante el C5i.

    El elemento distintivo de esta nueva etapa no es la videovigilancia en sí misma, sino la posibilidad de incorporar herramientas de inteligencia artificial para procesar grandes volúmenes de información. Sistemas modernos de seguridad ya no se limitan a observar imágenes: utilizan algoritmos de reconocimiento de patrones, analizan correlaciones entre eventos, detectan anomalías financieras y generan mapas predictivos de riesgo. Si el C5i logra integrar cámaras, denuncias, registros vehiculares y reportes financieros, podría no solo reaccionar ante el delito, sino anticipar zonas y horarios de mayor probabilidad de ataque.

    La experiencia comparada ofrece luces y advertencias. En México, los Centros C5 operan como nodos tecnológicos que integran videovigilancia, reconocimiento vehicular y análisis de inteligencia. La Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana destaca que estos sistemas permiten coordinación interinstitucional y reducción de tiempos de respuesta (Gobierno de México, https://www.gob.mx/sspc), así como “atención personalizada 24/7 con equipos estratégicos de prevención y otro de reacción” (El País, 2024). Sin embargo, diversos análisis han señalado que su impacto depende de la calidad de la investigación posterior y de la articulación con fiscalías. Cuando la tecnología no se traduce en desarticulación estructural de redes, su efecto es limitado y, en ocasiones, meramente disuasivo.

    Colombia ha desarrollado centros integrados de monitoreo y sistemas de análisis georreferenciado del delito a través de la Policía Nacional (https://www.policia.gov.co). Allí, el uso de mapas de calor y análisis estadístico ha permitido focalizar patrullajes y optimizar recursos. No obstante, también se ha evidenciado que las organizaciones criminales pueden adaptarse rápidamente, desplazando su operación hacia zonas menos vigiladas. La tecnología, por sí sola, no elimina la criminalidad organizada; la obliga a mutar.

    En el caso peruano, el Decreto Supremo N.° 009-2026-PCM incorpora además una dimensión financiera relevante, al articular la supervisión de flujos con la SBS y la Unidad de Inteligencia Financiera. Este componente es crucial porque la extorsión no sobrevive por la amenaza, sino por el pago efectivo. Aquí la inteligencia artificial puede tener un impacto determinante. Los sistemas modernos de prevención de lavado de activos utilizan algoritmos para detectar transacciones inusuales, analizar redes de vínculos y rastrear patrones repetitivos. Si esa información se cruza con denuncias y mapas territoriales, el Estado podría identificar nodos financieros y estructuras de cobro antes de que escalen en violencia.

    La Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito ha señalado que el uso de big data y tecnologías emergentes puede fortalecer la lucha contra economías ilícitas, siempre que existan marcos normativos claros y controles adecuados. De manera similar, el Banco Interamericano de Desarrollo ha advertido que la digitalización en seguridad ciudadana requiere gobernanza de datos, evaluación empírica y sostenibilidad presupuestal. Estos elementos son especialmente relevantes en el contexto peruano, donde el decreto establece que su implementación se financiará con recursos institucionales existentes, lo que plantea interrogantes sobre la capacidad real de sostener infraestructura tecnológica compleja.

    La incorporación de inteligencia artificial en seguridad pública abre también debates jurídicos ineludibles. El uso de algoritmos para priorizar zonas o identificar patrones debe respetar estándares de proporcionalidad, protección de datos personales y control judicial. Existe el riesgo de que los sistemas reproduzcan sesgos territoriales o generen vigilancia intensiva sin garantías adecuadas. La legitimidad de la estrategia tecnológica dependerá, en buena medida, de su transparencia y de la existencia de mecanismos de supervisión independientes.

    En términos de política criminal, la pregunta no es si la inteligencia artificial puede contribuir a combatir la extorsión, sino bajo qué condiciones lo hará eficazmente. Si el C5i se convierte en un sistema interoperable que integra información policial, financiera y territorial, y si esa información se traduce en investigaciones estratégicas que desarticulen redes, el Perú podría estar ante un punto de inflexión en la lucha contra la violencia económica. Pero si la tecnología queda reducida a infraestructura visible sin impacto investigativo real, el riesgo será el de un sofisticado simbolismo securitario.

    La criminalidad organizada ha demostrado una notable capacidad de adaptación. El Estado, por primera vez en este ámbito específico del transporte público, parece intentar responder con herramientas que operan en la misma lógica sistémica: datos, redes, análisis y anticipación. El éxito de esta apuesta no dependerá del número de cámaras instaladas, sino de la capacidad institucional para convertir información en inteligencia estratégica y, finalmente, en desarticulación efectiva de estructuras criminales. La inteligencia artificial no sustituye la decisión política ni la investigación penal; las potencia. Y en esa potencia radica tanto su promesa como su límite.

    Bibliografía

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